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Raquel Meller


Cupletista
Tarazona (Zaragoza), 9 de marzo de 1888
Barcelona, 26 de julio de 1962


Se llamaba Francisca Marqués López y era natural de Tarazona, pueblecito aragonés donde vino al mundo un 9 de marzo de 1888 en el seno de una humilde familia. Siendo aún muy niña fue llevada a Montpellier, donde vivía una tía suya, monja, quien la educó. La pequeña cantaba en el coro del convento, donde ya mostró su predisposición musical. A los doce años ya volvió con sus padres, que se habían instalado en Barcelona. Con quince ya trabajaba en un taller de costura. Durante su jornada laboral interpretaba todas las canciones de moda. Por el local desfilaban artistas de variedades como las hermanas Conesa, que animaron a la futura cupletista a probar suerte en un escenario. María Oliver fue más directa: le habló de su condición de cupletista de la Gran Peña, donde la presentó, prestándole incluso un traje. Transcurría el mes de febrero de 1907 y la primeriza Francisca Marqués debutó con LAS AMAZONAS y un número titulado EL BUEN DEBUT, que le iba como anillo al dedo. Dejó el taller de costura y firmó un contrato a razón de siete pesetas diarias. Se anunciaría como “La Bella Raquel”. Seis meses más tarde ya cobraba doces pesetas al día en el Palacio de Cristal de Barcelona.

El apellido artístico “Meller” lo adoptaría tras mantener amoríos con un alemán apellidado Moeller. No tuvo más que modificar el apellido de éste para hacerlo “más español”.

Raquel Meller se presentó en Madrid, inaugurando en junio de 1911 el Trianón Palace, donde coincidió en el programa con tres grandes del cuplé: Amalia Molina, Pastora Imperio y una artista de finas maneras llamada “La Goya”, que impuso en el escenario un vestuario de exquisito gusto. Eso lo imitó Raquel cuando le fue posible, aunque en belleza y elegancia no pudiera competir con la intérprete bilbaína. Por entonces Raquel percibía cuarenta pesetas diarias y de regreso a Barcelona, tras una temporada en la que tomó clases de canto, debutó en el Paralelo, donde no pudo resistirse a conquistar a los caballeros con el imprescindible número de LA PULGA.

En 1911, en el Teatro Arnau, templo de las variedades del Paralelo, Raquel entusiasmaba con una habanera, originariamente conocida como LA MEXICANA, que tras ser adaptada con nueva letra por Alvaro Retana, pasó a llamarse VEN Y VEN. Este número lo estrenó “La Goya”, pero como en otras ocasiones, Raquel lo convirtió en creación propia.

Raquel dejó el Paralelo en 1912, iniciando poco a poco su incursión en teatros más distinguidos. Ese año grabó sus primeras canciones. Ya cobraba cien pesetas al día, que en poco tiempo se convirtieron en doscientas cincuenta, cantidad que estaba muy por encima de cuanto percibían sus compañeras.

En Madrid llama la atención del rey Alfonso XII que la invita a actuar en una fiesta privada, pero ella le contestó que si quería verla se personara en el teatro donde actuaba. La noticia trascendió y el rey y la reina Victoria Eugenia aceptaron el reto acudiendo al teatro y obsequiándola con un ramo de flores.

Raquel firma con Odeón para grabar sus primeros discos, tal vez los mejores, y entre ellos un cuplé publicitario que fue muy popular: EL LIBERAL, donde pregonaba la venta de ese periódico.

De cuerpo pequeño pero proporcionado y una voz tampoco extraordinaria, Raquel Meller fue imponiendo su arrebatadora personalidad artística. Siendo sus orígenes humildes, sin una mínima cultura, con un carácter fuerte -a veces insufrible-, dispuesta a insultar a quien se opusiera a sus caprichos, tuvo el acierto de ir elevando el buen gusto y la elegancia en sus actuaciones. No le falló el olfato casi nunca. Quedó muy sorprendida al escuchar una melodía muy española con un argumento dramático centrado en una corrida de todos. La había estrenado Mari Focela, que hubo de pagar quinientas pesetas a los autores. Luego la cantaron Blanquita Suárez y Conchita Ulía. Sin embargo, aquella canción no había calado aún en el público. Raquel Meller insistió al compositor para que se la cediese. Era EL RELICARIO. La cantó en 1914 en la sala “El Dorado”, vestida de riguroso luto, con mantilla española que le caía por la frente, sobre un fondo negro y con una luz que iluminaba su rostro. Conmovió al respetable con su interpretación. Grabada en disco inmediatamente, se hizo muy popular en España, y en Francia se vendieron ¡cien mil copias!. José Padilla, autor del cuplé, se pudo comprar un castillo con los derechos de autor.

Al año siguiente el maestro Padilla pidió al periodista Eduardo Montesinos que le facilitara una letra sobre una florista. El encargo fue resuelto enseguida y Padilla, con esa facilidad melódica, creó una de sus más hermosas composiciones; quizá no la mejor, pero sí la más universal de su repertorio: LA VIOLETERA. La estrenó Carmen Flores, previo pago de las quinientas pesetas de rigor por la exclusiva. Pero Padilla también cedió los derechos a Raquel Meller en cuanto esta se enteró. Raquel Meller volvió a repetir el éxito. LA VIOLETERA y EL RELICARIO figuraron siempre en sus repertorio. Sus dos indiscutibles creaciones.

Raquel Meller despertaba pasiones, en los teatros y fuera de ellos. El gran pintor Joaquín Sorolla trató de conquistarla, sin éxito. La pintó de forma magistral. En su asedio sentimental provocó las iras de Raquel, despreciándolo. Y no quedó ahí la cosa: destruyó una pequeña fortuna rompiendo unos bocetos de gran valor, firmados por el artista valenciano, y que éste le había regalado. Tuvo más suerte el escritor Enrique Gómez Carrillo, con quien se casó en Biárritz el 7 de septiembre de 1919. Él tenía cuarenta y seis años, y ella treinta y uno. Su matrimonio duró poco tiempo: eran dos personalidades enfrentadas constantemente. En 1922 se divorciaron.

En 1919 Raquel se presenta en el Teatro Olympia de París, dando a conocer otros cuplés que pronto se harían muy populares: FLOR DE TE y AGUA QUE NO HAS DE BEBER. Poco después viaja a Estados Unidos donde realiza una gira artística que la lleva a actuar durante ocho meses en Nueva York, percibiendo 200.000 dólares.

En Hollywood conoce a Charles Chaplin que le ofrece un papel en su próxima película, pero Raquel, que no dominaba el inglés y apenas el francés, no consigue despertar interés en la Meca del Cine. Chaplin incluyó LA VIOLETERA como fondo musical en “Luces de la ciudad” (1930), con la osadía de firma como suya en los títulos de crédito, lo que le ocasionó un contencioso con el maestro Padilla, quien obtuvo el reconocimiento de los tribunales, con la consiguiente indemnización.

Raquel Meller rodó un cortometraje en Hollywood con la Fox, que contenía cuatro canciones. En 1932 rodó en Francia su primera película sonora, “Violetas imperiales”. Allí vivió largas temporadas, adquiriendo propiedades en París y Versalles, donde poseyó palacios en los que colgaban valiosos cuadros de Picasso, Renoir, Matisse, Toulouse-Lautrec y podían admirarse esculturas de Rodin. Tuvo también un piano que había sido de Mozart. Viajó con vías ferroviarias libres, tres cocineros y cientos de baúles. Se permitió visitar personalmente al Papa Pío XI. Rechazó películas con Charles Chaplin. Increpó al Duce de Venecia...

Después de “La Bella Otero”, Raquel Meller era la artista española triunfadora en Francia, superando a la Otero, puesto que su popularidad había llegado a Norteamérica, donde hasta Rodolfo Valentino quedó prendado de su arte.

En 1939 contrajo su segundo matrimonio, en el que tampoco fue afortunada. Adoptó dos hijos: Jorge y Agustina. Él murió en accidente de coche y ella se suicidó.

En la postguerra comenzó el declive de Raquel. En 1939 estrenó en el madrileño Teatro de La Zarzuela ¡ALLO, HOLLYWOOD!, Y en 1941, en el Cómico barcelonés, LA VIOLETERA, con el empresario Joaquín Gasa. El Fisco francés la perseguía, requiriéndole una gran cantidad de impuestos. Eso, y que fue expropiada de muchas de sus posesiones tras la Segunda Guerra Mundial, le proporcionó un duro revés económico. De estrella millonaria pasó a vivir, aun con desahogo, con muchos menos alardes. Hay que decir en su honor que fue pródiga en ayudar a muchos que acudieron a ella en demanda de auxilio, en los duros tiempos de la posguerra española.

En 1946 actuó con “Los Vieneses” en MELODÍAS DEL DANUBIO. En 1957 volvió a la Compañía de Arthur Kaps y Franz Joham con CAMPANAS DE VIENA. Se despidió en 1958 en el teatro Madrid, de la capital de España, con el espectáculo CUANDO SALIÓ EL BLANCO Y NEGRO. Ángel Zúñiga, periodista y gran admirador suyo, se ve obligado a escribir esta crónica: “Con voz quebrada, sin brillo en los ojos, torpe de movimientos y, por añadidura, ataviada como una bufa de principios de siglo...” En ese mismo año dijo adiós a los escenarios barceloneses en el Teatro Victoria. Tenía setenta años. Por aquel entonces estaba muy irritada por la película “El último cuplé”, que decía estar basada en su vida, y repetía exabruptos contra Sarita Montiel. También dedicó duros e injustos epítetos a Imperio Argentina porque cantó LA VIOLETERA.

De Raquel Meller nos quedó una última actuación en 1961, en Televisión Española, interpretando ZAPATITOS VIEJOS y ¡cómo no!, LA VIOLETERA.

Su vida se iba consumiendo, irremediablemente. Interpretó más de medio millar de canciones, de las cuales parece ser que grabó unas cuatrocientas, protagonizando aproximadamente una treintena de espectáculos y una docena de películas.

Falleció en Barcelona el 26 de julio de 1962 víctima de una embolia cerebral.

Discografía:

De todos los cuplés que dejó grabados, sólo constan en nuestro archivo los siguientes:

Agua que va río abajo, Los amores de Ana, La apache, Ay Cipriano, Ay qué cosa, Ay Ramón, Bajo los puentes del Sena, Besos fríos, La billetera, La boba de Coria, La buena discípula, La Calderona, La campana, Canastilla de flores, El chispero, La chocolatera, Los claveles de Sevilla, Clavelitos del Genil, El collar rojo, Cómo se hace el amor, Dame tu piquito, Desengaño, Doña Mariquita, Duérmete mi clavel, La echadora de cartas, El estudiante, Firulí firulá, Flor de té, La flor del mal, La font del Xirineu, Gitana gitana, La gitana hechicera, La hija del carcelero, Hungría, Los impertinentes mágicos, La isabelina, La lechera del cuento, El liberal, La linda de la aldea, Lola Triana, Mala entraña, Margaritiña, Mariana, La más plantá, Más que a todo, La mexicana (Ven y ven), Mi negro, Mimosa, La modistilla, La monjita, My baby, Nena, Novios y maridos, Oh señorita, Paca la Madriles, La peliculera, El peligro de las rosas, La pena, La Perricholi, Sus pícaros ojos, Pobre Colás, Pobre Mimí, Por no decir nada, Prietita mía, Qué inocente, Rafaeliyo, El relicario, Rosa de Triana, La segadora, Si yo tuviera un millón, Siempre flor, Soy de Madrid, La tarde del Corpus, Tengo miedo torero, La tonta de capirote, Tristes recuerdos, Valencia, La violetera, Yo no sé por qué. Ed.: Odeón (1912-1946)
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