foto (969K)

Miguel Fleta


Tenor
Albalate de Cinca (Huesca), 1 de diciembre de 1897
La Coruña, 29 de mayo de 1938


“Una bella voz es un don del cielo”, dijo la famosa soprano Adelina Patti. Y lo mismo pudo repetir aquel muchacho aragonés que vio la luz en el pueblecito oscense de Albalate de Cinca el 1 de diciembre de 1897. Nunca pudo suponer Miguel Burro Fleta, pues ése era su nombre, que en corto espacio de tiempo había de alcanzar la más alta cumbre del arte lírico. Fue como si un hada generosa le hubiese tocado con su varita mágica, haciéndole vivir lo que nunca llegó ni a imaginar. De la pobreza y la oscuridad a la gloria y la opulencia.

Jotero aficionado en su niñez y juventud, y cabo de cornetas en el servicio militar, manifestó pronto una gran intuición musical. A los veinte años era todavía mozo de labranza en Zaragoza; a los veintiuno estudiaba solfeo y canto en Barcelona y a los veintidós deja pasmado al público de Trieste interpretando en su teatro de ópera la parte de Paolo en FRANCESCA DA RIMINI. ¿Cómo pudo producirse este asombroso milagro?

Fleta, aunque inculto, poseía una gran disposición para la música. Si a ello añadimos que su voz era, a la par, poderosa y dulce, bellísima de timbre y capaz de expresar todos los matices, tendremos contestada, en parte, la pregunta. Hacía falta el artífice que tallara tan rico diamante y este fue una cantante francesa conocida en el mundo artístico por Luisa Pierrick, que en seguida fue su amante y madre de sus hijos Miguel y Alfonso. Ella hizo a Fleta y cuando, convertido ya en un primer tenor, se produjo el alejamiento, Fleta se acabó. Fue como una luminaria poderosísima que tras alcanzar su plenitud deslumbrante comenzó a declinar hasta acabar en tibios y tristes destellos.

Su iniciación tuvo mucho de providencial. Cantor de jotas aragonesas, como su hermano y otros familiares, se trasladó a Barcelona a instancias de su hermano mayor, que desempeñaba la plaza de guardia urbano en la Ciudad Condal. Ocurría esto a mediados de 1918. Cuando pudieron disponer de una carta de recomendación para entrar en el Conservatorio del Liceo. El maestro Lamote de Grignon, director entonces del famoso instituto, atendió a aquel “jotero” con total indiferencia. Miguel tuvo que cantar una jota de prueba (no sabía otra cosa) en el mismo rellano de la escalera, frente a un despacho donde se hallaba también otro de los catedráticos: el maestro Zamacois. Todo fue comenzar a fluir de la garganta de Fleta aquellas notas bellamente timbradas, y se interrumpió de improviso la actividad del Conservatorio. Por todas las puertas empezaron a asomar cabezas intrigadas. El propio Lamote tuvo que admitir que aquel material era altamente aprovechable. Por desgracia, encontrándose ya iniciado el curso, y no habiendo plaza disponible en las clases para varones, el nuevo aspirante tendría que aguardar hasta el año siguiente. Pero una de aquellas cabezas asomadas era la de la profesora titular de la cátedra de canto para mujeres. Ella sí tenía plazas, e interesándose por el poseedor de ese órgano vocal tan maravilloso, solicitó al maestro Lamote de Grignon el permiso para iniciar su enseñanza a la vera de las mujeres. Esa profesora se llamaba Luisa Pierrick.

El “milagro” comenzó a operarse aquel mismo día. El desarrollo de su carrera en el Conservatorio, cuya duración normal se extendía a cinco años, Fleta la cumplió en menos de dos. El primer año apechugó con dos cursos de solfeo, tres de canto y el primero de idioma italiano; el segundo, uno de solfeo, dos de canto, dos de repertorio y segundo curso de italiano.

En septiembre de 1920 parte con destino a Italia, primera etapa de su gran aventura. Los ecos de la triunfal noche de Trieste se extendieron por todo el orbe lírico y el joven tenor fue llamado por los grandes teatros. Su nombre era suficiente para llenar las salas. Las óperas se sucedieron: TOSCA, que nadie había cantado con tanta exquisitez y emoción; AIDA, en la que conseguía fundir en uno los cuatro tenores que en verdad necesitaría; RIGOLETTO, cuyo dúo cantaba de manera maravillosa; PAGLIACCI, en la que daba medida de su temperamento dramático y, sobre todas, su portentosa interpretación de “Don José” en CARMEN, como actor y cantante.

Para dar una idea de la magnitud del triunfo de Miguel Fleta, baste decir que los aficionados en el Teatro Real de Madrid exclamaron: “Desde los tiempos de Gayarre no se había oído a un tenor tan completo.” Llegó el año 1922 cobrando seis mil pesetas, de las de entonces, y acabaron pagándole nueve mil por función. Con sus actuaciones el regio coliseo recobró sus antiguos esplendores. En Madrid no se habló de otra cosa.

Luisa seguía siendo para él su “ángel de la guarda”, como Miguel reconocía ante todos. Ese mismo año le acompañó en su gira por América y más tarde, después del nacimiento de su segundo hijo, acabaron por alejarse: él de un teatro a otro cosechando triunfos; ella, la mayor parte del tiempo en Francia. Por esos días de 1926, Fleta estrena en el Teatro de la Scala, de Milán, TURANDOT, la ópera póstuma de Puccini dirigida por Toscanini. Esta obra marca el cenit de su vertiginosa carrera. Sigue cantando, pero alejado de los cuidados de Luisa, falto de su autoridad y disciplina, se entrega a las aventuras galantes y a los amigos interesados y halagadores. Y llega, al fin, la esperada ruptura que se ultima por cartas. Los hijos quedan en poder de la madre.

Al iniciarse el año 1927 conoce en Salamanca a una joven de distinguida familia. Se llama Carmen Mirat y tal vez cree ver en su belleza morena a la Carmen de Bizet. Se casan en el mes de mayo en la iglesia de Santo Domingo. La nueva esposa acompaña a su marido en la tournée que hace por Buenos Aires, Montevideo, Río de Janeiro y otras capitales. Es la última que hace como primer tenor. Al regreso, en 1928, se inicia el declive del gran divo. Su voz pierde brillantez y potencia. Es una voz fatigada por falta de los necesarios cuidados.

Ya no le llaman los grandes teatros. Gasta en demasía y comienzan los apuros económicos. Entonces se refugia en la zarzuela al amparo de su nombre. Aquella voz, cálida y aterciopelada, estaba ahora rota. Los sonidos se rompían, fallaban los alientos, el timbre era opaco y las caídas de tono frecuentes. Aquella voz que conmoviera a los públicos volvió a la nada, de donde salió. Pero, hasta en esas noches a menudo aciagas para el gran Fleta, podía muy bien sobrevenir un nuevo milagro. Y ello ocurría con mucha frecuencia. Muchas MARINA, LUISA FERNANDA y DOÑA FRANCISQUITA penosamente iniciadas, hubieron de desembocar en interminables ovaciones con que el mismo público vociferante del acto primero saludaba al gran artista al caer el telón por última vez.

Miguel Fleta falleció a causa de un ataque de uremia, a los cuarenta y un años, el 29 de mayo de 1938, envejecido y triste. Sucedió en La Coruña, en plena Guerra Civil. A su lado se hallaba Carmen Mirat y, más lejos, Luisa Pierrick con sus hijos.

La herencia fonográfica de Fleta, sin ser tan extensa como la de Caruso, representa un caudal importante, ya que sobrepasa los ochenta títulos (jotas, arias de ópera, romanzas de zarzuela y canciones), algunos de los cuales registró por segunda vez al electrificarse el proceso de la grabación.

Fragmentos y selecciones:

El trust de los tenorios, La Dolores (Romanza y jota), El dúo de La Africana (con María Badía), Los gavilanes, Doña Francisquita, Emigrantes, La linda tapada, La Calesera, El guitarrico, Los de Aragón, Sangre de reyes, El caserío, El huésped del sevillano, La corte del amor, Marina (Selección, con Emilio Sagi-Barba y Matilde Revenga), El trust de los tenorios (2.ª versión), Sangre de reyes (2.ª versión), La Dolores (Romanza, 2.ª versión), El dúo de La Africana (con Matilde Revenga), El guitarrico (2.ª versión), La Marsellesa, La bruja, La villana, Los pícaros estudiantes, María la Tempranica, Miguelón, Luisa Fernanda Ed.: Gramófono-La Voz de su Amo (1922-1934)
BotonMenu
BotonVolver